Hay momentos que te paras a reflexionar sobre la vida que llevamos y llegas a la conclusión que en la mayoría de ocasiones se asemeja bastante a un videojuego.

Nos pasamos el día tomando decisiones que, dependiendo de ellas, pasarás a una u otra pantalla.

Muchas veces nos planteamos que hubiera pasado si la decisión tomada  hubiera sido otra,  en que nueva pantalla nos encontraríamos en la actualidad. Nunca hay que mirar hacia atrás, siempre hacia delante, pero es difícil no caer en la tentación de planteárselo.

En ocasiones, nos encontramos con «estrellas» y «vitaminas» que nos hacen avanzar a toda velocidad y la vida nos sonríe, en otras en cambio te das cuenta que no cogiste el testigo que había ahí a tu alcance, en el paso anterior y ya es tarde, no hay marcha atrás, así que te toca ir lento y avanzar a pasitos pensando que nunca llegarás al punto de destino soñado.

En ese tránsito que vamos recorriendo van apareciendo personajes, los que te ayudan y los que te ponen piedras en el camino.

Cuando ya eres experto en saltar obstáculos, aparece uno nuevo, desconocido, que te descoloca y te hace caer al vacío, así que o te hundes o vuelves a empezar.

Si lo resistes, ya tienes la experiencia, así que irás cogiendo aquellos testigos que desestimaste anteriormente y así irás preparado para cuando vengan los nuevos obstáculos, al menos ya sabes que existen.

Curiosamente vas encontrando nuevos recursos y atajos (a eso le llamamos experiencia) y nos saltamos, cogiendo atajos, un montón de pantallas para poder colocarnos con suerte en el punto en el que nos encontrábamos.

Y ahora, a contiuar el juego, con las nuevas armas, con los nuevos testigos, a saltar nuevos obstáculos pero con la nueva experiencia adquirida y con un poco de suerte intentar llegar a la meta, eso si a contra reloj para que no te salga antes de tiempo  el cartel de Game Over.